Kusatsu

CAVEAT: hay dos Kusatsu en Japón, el bonito (con onsen y todo) y el nuestro. El otro Kusatsu está en la prefectura Gunma, para el norte; nosotros estábamos en Shiga, básicamente en el centro de la isla principal.

No, no es apreciación propia, TODO PINCHE MUNDO nos dijo que no estaríamos en el Kusatsu (草津) padre con onsen (温泉 - aguas termales naturales) y que no nos sintiéramos mal si llegaba alguien a querernos cargar pila por eso.

El pueblo es... básico, digamos. Ayuntamiento, tres súper mercados, dos o tres mercados, dos estaciones de tren apropiadamente llamadas Kusatsu y Kusatsu del sur, un pachinko (tragamonedas japoneses), dos karaokes, un mall con cine y chingos de barecitos. La gracia, entiendo, es que Kusatsu se mueve alrededor de dos cosas: la fábrica de Panasonic y el campus de Ritsumeikan university (harto prestigiosa y harto cara, me dicen mis fuentes) a las afueras de la ciudad. Es bonito, y está a la orilla del lago Biwa, el más grande de Nipón, pero no es como la graaaan cosa. Como sea, lo pase bastante bien para los tres minutos que estuve en el pueblito... los otros seis meses estuve en Kioto de contrabando.

Kusatsu lo recorrimos Karla y yo. Neófitos en bicicleta. EN DOS HORAS. De extremo a extremo del pueblo (De Ritsumeikan a Aeon Mall) en dos camiones no hacíamos más de 45 minutos con paradas con paisajes preciosos producto de ser un pueblito en la ladera de un monte verde verde en verano.

¿Se acuerdan que en el post pasado nos habían dejado en el edificio que no era y nos regresaron? Desde el edificio nuevo, en el piso 11, tenía una vista increíble a las montañas que enmarcaban la autopista, y saliendo a la baranda se veía el lago Biwa a lo lejos como en un sueño. Y si me asomaba en el atardecer, ya no quería meterme nunca más a mi mini departamento.

Mini, les digo: baño, cocineta, pasillo, estancia-comedor-sala-recámara y balconcito en menos de 45 metros cuadrados. Depas de estudiante, pues, y todos iguales: era al gusto del habitante decorar con lo que tuviera a la mano.

Yo gusté colgar mi bandera de un lado, el póster de Yoshitaka Amano y un mapa de Tokio del otro, y mis libros y laptop en la mesita baja a los pies de la base de la cama sin colchón; nos dieron un futón. La suerte quiso que a la semana un chico estudiante de Ritsumei de algún lugar del mundo se regresara a su país y rematara o regalara lo que había ocupado. Su colchón me veía sensualmente y no pude hacer más que preguntar por el... me lo regaló con la condición de que me lo llevara bajo la lluvia pues no había transporte. Y ahí vamos el y yo del edificio viejo del post pasado a Crest Kusatsu, bajo la llovizna, a las 10 de la noche con el colchón en el lomo. 20 incómodos minutos para dormir como Dios manda 6 meses no es un mal trato.

Pero me adelanto. Cuando llegamos, nos estaba esperando una señora que medio hablaba inglés para enseñarnos uno de los departamentos y luego nosotros decidir cual queríamos para darnos dos llaves. En la demostración, se le sale a la vieja esa "...y aquí está el microondas. Sí lo conocen, ¿verdad?" Estuve a punto de mentarle la madre en tres idiomas cuando me acordé que desde Nagoya todos traíamos sombreros de palma puestos. Ni cómo defenderse.

Como fuera, cinco ingenieros intentan decidir cual sería su hogar los próximos seis meses. ¿Qué mejor manera que dar el nombre alfabéticamente, meter los números de depa a random.org y dejar que el azar hiciera lo suyo? Así me hice de un departamento en el piso 11.

Siguiente punto de la agenda: ir a comer con la señora a un lugar bastante sórdido en un sótano, y tramitar un pase de autobús medio extraño: desde la universidad hasta una parada antes de la estación del tren. Si nos pasábamos, o de subida -Crest está a la mitad de una montaña- lo tomábamos en la estación, cargo de 250 valiosísimos yenes. Caminar cinco minutitos, la fantástica cantidad de cero. El pase costaba, claro, pero con lo que se ahorraba uno en pasajes salía bastante benéfico.

Enfrente de la dichosa estación (Noji, según Google maps) hay un súper, Seiyuu (no como en 声優 -actor de doblaje-, sino como en 西友 -amigo del Oeste-) y uno de nosotros mientras comprábamos trapos, tazas, platos, tenedores, y ejem, comida, se aventó un "¡qué bueno que esto no es Walmart o algo parecido!". El ticket de compra le dio una cachetadota con guante blanco al aparecer, en chiquito, "Part of the Walmart family".
En esta placita hay un Mister Donut -que es como el paraíso con forma de donas- de donde ya hasta tenía tarjeta de cliente frecuente. Estuve como a tres donas de llevarme el bonito tupper de regalo con forma de león, pero un hospital me lo impidió.

Caso curioso, que no vi en otros lados en Japón: el cementerio estaba atrás del estacionamiento de bicicletas frente a la estación de trenes. No es el camposanto cristiano místico, bardeado y estúpidamente frío, al contrario: no hay cerca y está a un lado de un área de juegos infantiles. Como si su panteón de pueblo estuviera codo con codo con el kiosko de la plaza, haga de cuenta. Alguna vez pasé por ahí y acabé en los columpios, pero la verdad salí poco dentro de mi pueblito.

Regresemos a Crest Kusatsu. Quien me conoce sabe que se me quema el agua, big time. Kusatsu lo supo y enfrente del edificio hay una cocinita con comida para llevar a precios de estudiante que básicamente surtió mis cenas mientras estuve ahí. A un lado hay una tienda mágica mística maravillosa llamada 生活応援間 (せいかつおうえんかん - "tienda de soporte a la vivienda") que vende artículos de segunda mano à la japonaise. Es decir, nuevos. Si los amigos nipones leen un maga dos veces y lo venden, ya imaginarán.
La dichosa tienda fue objeto de escándalo y álgidas negociaciones entre nuestra encargada por parte de la asociación que nos llevó y uno de los ingeñeros. El insistía en comprar en la dichosa proveedora de la bonita familia japonesa y cargarlo a JICA con el argumento de que los departamentos "no estaban amueblados". Ella respondía que el departamento "estaba amueblado" y que cualquier artículo que quisiéramos saldría de nuestros bolsillos. "Amueblado", para JICA, aparentemente significa un baño, un micro, una lavadora, aire acondicionado y una base de cama; para uno que vive en un poco más de 3x4 "amueblar" implica sillones, mesas, escritorios, libreros... en fin. Cuando JICA finalmente torció su bracito, mes y medio después, yo ya tenía silla reclinable, escritorio, un librerito y hasta una plantita en un botecito azul. Sin hacer escándalo. ¡Ah! Y colchón, no olvidemos.

Las llaves. Cierto inge con afección por las bebidas alcohólicas perdió LAS DOS (No me pregunten cómo. Si sé, pero no les voy a decir.) El angelito se aplicaba en japonés pero no estaba tan pro como para pedir copias extra. Para empezar, ni sabíamos donde. Mientras, en castigo, pasó una noche en uno de los otros depas y al día siguiente, con una resaca de esas que no se le desean a nadie, investigó donde podía hacerse de las famosas copias y me pidió que hablara. Resulta que la inmobiliaria estaba a un lado de la estación de trenes... y bajamos. Con el sol de finales de abril. La cara de perro afligido la puse yo (el ya la traía integrada desde la noche pasada) pero nos dieron dos llaves. Al lunes siguiente yo dejé la mía de repuesto en mi lugar en el laboratorio, no fuera siendo...

...y me salvó. No, no perdí mi llave, pero ese episodio se contará después (involucra un aguacerazo, dos perdidos y una maleta rota).

Kusatsu (o al menos Minami Kusatsu -Kusatsu del Sur-, la estación de trenes que nos quedaba) está a gloriosos 25 minutos de la estación de Kioto en tren. De aquí en adelante Kioto se convertirá en la base de operaciones de estos relatos; no podía ser de otra manera si más de la mitad del tiempo la pasaba allá.

El campus Biwako-Kusatsu de la Universidad Ritsumeikan no está lejos de Minami Kusatsu, pero por alguna razón se me hacía eterno el viaje en camión. Sospecho que es por que da muchas vueltas para llegar (recordemos que es un pueblito; no es como que haya muchas muchas corridas de bus) y a las 10 de la noche dejan de dar servicio, lo que era un desmadre si llegaba uno bastante noche de un fin de semana de nervios en Kioto. En esos casos, los taxis me salvaron aún cuando por 15 minutos me cobraran 1,500 JPY, un escándalo si pensamos que el pase de bus costaba cerca de 6,000. Bueno, ya hasta saludaba a uno de los conductores...

---
Oyendo: Poor Leno - Röyksopp [poooorcino...]



Diario de carretera

Este va a ser un post cortito pero, espero, ilustrativo.

Después de nuestro mes y medio en Nagoya como una gran (y muy disfuncional) familia, llegó el momento de separarnos en grupos de acuerdo a la especialidad que veníamos a estudiar; cada grupo significaba una universidad -y ciudad- diferente.

Los chicos que se quedaron en Nagoya nos salieron a despedir mientras los demás subíamos nuestras cosas -las que vinieron desde México y las que se nos pegaron en el ínter, a veces hasta bicicletas- a los camiones que nos iban a llevar. Una maestra de japonés, incluso, vino desde cerca de Toyota solo para despedirnos y aunque nos pasó su correo me dolió un poco saber que ya no la iba a ver diario.

Como fuera, los camiones nos esperaban; unos a la estación de trenes (los de las bicicletas, que de alguna manera extraña iban todos al mismo lugar) y a los que el camión nos iba a dejar en la puerta de nuestros nuevos hogares. No era un camión por ciudad, así que en auténtica lógica japonesa intentaron acomodarnos de acuerdo a como nos teníamos que bajar. Más de 20 mexicanos los dejaron en "visto" y se acomodaron según donde sus amiguis estuvieran más cerca.

Agarramos camino los que íbamos más lejos. La carretera es verdaderamente algo digno de verse: paisajes de película con esa luz particular que tiene Japón que ilumina las montañas, los arrozales, los bosques y las ciudades de una manera muy especial. Contrario a las salidas de escuela que habíamos tenido desde marzo, ninguno de nosotros iba echando desmadre; emocionados y nerviosos, sí, pero extrañamente muy callados. Después de descubrir un país, a tus amigos y compañeros por los próximos seis meses y medio (o más) y la manera de comportarse por estos lares, creo que es normal que uno entre en modo silencioso al salir de la ciudad que fue tu casa cuando llegaste a un país que no conocías.

Bosques, ciudades, lagos... el viaje fue todo menos aburrido. Nostálgico, si quieren, pero no aburrido. La parte realmente rescatable pasó cuando nos dejaron a mí y mi grupo de mexicanos en la ciudad donde nos íbamos a quedar.

Aún cuando desde unas semanas antes nos habían dado la ubicación de los nuevos departamentos (con licorería monumental en la entrada), ni al conductor del autobús ni a la "guía" del convoy les llegó el memo y el chofer se siguió hacia el viejo complejo de departamentos para estudiantes. Le dijimos cinco mexicanos en japonés "違う! そこでした!" ("¡Se equivocó! ¡Era allá!") pero nanai. Cuando se detuvo mejor nos bajamos nosotros a cargar nuestras maletas hacia Crest Kusatsu ya que no era especialmente lejos (los edificios de departamentos normalmente tienen nombres, digamos, curiosos en Japón)... pero nos regresaron. Que no, que siempre sí era donde le decíamos desde hace diez minutos. Maletas en mano, nos subimos de nuevo y sufrimos un poco mientras el camión tardó más en dar la vuelta en la calle de dos carriles que en llegar a las puertas de Liquor Mountain.

Mentando madres, nos bajamos con todas nuestras cosas en dos minutos (ya las habíamos sacado del maletero), nos despedimos desde afuera de los de dentro, vimos de reojo a Rikaman (contracción de リカーマウンテン, Liquor Mountain) y dejamos nuestras cosas en el lobby del edificio mientras nos daban nuestras dos llaves y el camión seguía hacia la siguiente ciudad. Lo que siguió ese día (y chingos de anécdotas de Kusatsu, la nueva ciudad), viene en el próximo post.

---
Oyendo: Claro video - Las Olimpiadas en Rio 2016



Ise y Futamigaura

Una amiga se quería comer Japón en los ocho meses que estuvimos allá, entonces viajó y viajó y siguió viajando. No está mal, al contrario: en un principio, cuando estábamos todos juntos en Nagoya, me pegaba a sus excursiones de fin de semana. Ise fue una de esas.

Ise (伊勢) es una ciudad que está del otro lado de la bahía de Ise. No pongan cara de duh, es la misma bahía donde Nagoya sale al mar; no llegamos nadando, pero entre trenes y trenes sí puede uno hacer entre hora y media y dos horas.

Cuando llegamos el día estaba nublado. El clima era bastante fresco, pero no llegaba a ser frío. Como sea, bajamos de la estación y, a decir verdad, vimos mucha calle y muy poco templo (que era una de las dos cosas que veníamos a ver). Caminamos hacia un local de información turística y mientras sacábamos fotos de todo (japonesception), una señora que iba lo que en Francia le dicen en putiza pidió tomarse una foto con nosotros. Haciendo un poco de plática resulta que ese día era su cumpleaños y que estaba tan apresurada por que sus amigas llegarían a festejarla a su casa en la noche ¡en Nagoya!, pero quería primero pasar a dar gracias al gran templo. Fotos, felicitaciones, cortesías y pegó la carrera. Nosotros, que veníamos en Babaria, hicimos mucho más tiempo que ella en llegar a la estación de buses donde estaba el local. Cuando llegamos, mi amiga preguntó cómo llegar a "los templos", así a secas. El encargado del local, muy amable, nos pasó un mapa a cada quien -cuatro-, marcó en uno de ellos las ubicaciones de los dos templos principales del complejo, la manera de llegar al más lejano, la ruta mortal para llegar al más grande pasando por todos los adoratorios chiquitos e indicó que si no nos apurábamos perdíamos el camión que salía para el templo y el que seguía salía unas dos horas después.

Nos trepamos pues. Llegando a donde empieza la caminata hacia el edificio, pasamos por un lago a la mitad de un bosque sagrado, un mercadote de chácharas dioses-approved, un río y como dos mil toriis (los arcos de entrada que separan el espacio terrenal del espacio divino de los santuarios). Pero la caminata valió la pena.

No hace falta decir que de verdad se siente la diferencia entre lo mundano y lo divino: pasando los toriis se carga el ambiente de una energía tranquila y acogedora, lejos del ruido del mercado que les escribí en el párrafo pasado. Acá adentro, además, está un río salvado por un puente de madera que da hacia las entrañas del bosque sagrado y el ambiente ahí es aún más misterioso. Con tantos adoratorios por todos lados, no podía ser de otra manera.

Pasamos por el primer templo y nos encaminamos hacia el segundo santuario, tratando de visitar la mayor cantidad de adoratorios posibles -que a decir verdad son bastantes. Cuando el cansancio ya estaba mellando llegamos a un edificio bastante nuevo hecho de madera donde la gente se arremolinaba como si regalaran arroz. "Por algo será", pensó Toño, y convencí a los demás de subir dos segundos a rezar y aventar nuestra monedita. La gente empujaba como en Pantitlán en lunes a las 7 de la mañana y no pudimos hacer mucho, más que rezar rapidito y tener un disgusto por que no nos dejaron tomar fotos del interior del templo (la reja incluso estaba cerrada). No es en vano, como les explico ahora.

Verán, Ise guarda los dos templos más sagrados de Japón: Geguu (外宮) y Naikuu (内宮), literalmente "el templo de afuera"  y "el templo de adentro". A pesar de los muy desafortunados nombres, Geguu es el santuario NACIONAL de la diosa de los cereales y la vivienda y Naikuu de nada más y nada menos que Amaterasu, la diosa del sol, donde además se dice que se guarda uno de los Tesoros nacionales de Japón; naturalmente es el templo más sagrado de la nación nipona y no dejan tomar fotos ni acercarse a menos de veinte pasos -por eso la gente hacía filas y filas y más filas para subir. Además, siguiendo las prácticas de la no pertenencia del Shinto (una de las religiones de Japón), los templos se han reconstruido cada 20 años desde por lo menos el 690 y justo unos meses después empezarían a desmantelarlo.  De todo esto nos enteramos saliendo del complejo de templos, pero se los digo de una vez que todavía nos falta en este relato.

Ya la pipí y el hambre nos estaban matando, así que regresamos al mercadito de hace cuatro párrafos y nos dejamos ir como gordas en tobogán: separalibros, cajitas, cajotas, Darumas (los muñequitos con un solo ojo pintado), Maneki nekos (aka gatitos con una pata arriba), abanicos, banderas, cascabeles e, importante, baños y comida. Tratamos de no separarnos mucho y nos turnamos para apartar la única banca que encontramos donde nuestras mochilas y nuestros cuerpazos de nervios cabían razonablemente mientras alguien iba a tomar turno para la comida, o la pis, o las dos. Acabando de comer (no recuerdo qué había, pero estoy casi seguro que comimos nigiri sushi) ahora sí nos separamos uno del otro para comprar recuerditos que Kamisama guarde la hora.

Comidos, comprados y descansados ahora sí, siguiente punto de la agenda: Meoto Iwa.

Del mercado salen los camiones para el puerto y uno nos dejó relativamente cerca, lo suficiente como para caminar por la calle y seguir tomando fotos de todo. De camino pasamos (pero no entramos) por un parque temático de la época Azuchi-Momoyama, que es la era que siguió a la Sengoku jidai (ya saben, samuráis peleando entre sí). La mayor atracción del parque es la reconstrucción del castillo de Azuchi pero entiendo que hay más cosas, como renta de vestuario, teatro, y juegos.

Como sea, cuando llegamos al puerto el cielo ya estaba verdaderamente gris, haciendo que la línea del horizonte se confundiera con el mar, lo que le daba un aspecto extrañísimo pero tranquilizador. Futamigaura (二見ヶ浦 - el nombre del puerto) tiene un santuario menor, cuya gracia es que está a la orilla del mar. Así que ni hablar, seguimos nuestra peregrinación.

A la mitad del camino, llegamos a nuestro segundo destino del viaje: las Meoto Iwa (夫婦岩 - "rocas casadas"). Seguro las han visto el algún anime o película: son dos rocas que sobresalen del mar y están efectivamente "casadas" -unidas por un lazo matrimonial-. Como todo en el país del sol naciente, se ven más grandes en las fotos que en vivo; uno pensaría que se ven chiquitas por que están leeeeejos de la costa, pero en realidad ni son tan grandes ni están tan lejos: la mayor mide no más de 10 metros y la menor unos cuatro. Estoy seguro que bajo las condiciones adecuadas la vista debe de ser tan espectacular como lo sugiere el nombre de la ciudad: se dice que mientras buscaba un lugar para construir el santuario original para resguardar el Espejo (el Tesoro en Naikuu), una princesa visitó el lugar y aunque no se decidió por la costa, volteó dos veces hacia atrás para despedirse del precioso terreno (Futami - ver dos veces. Ura - atrás). La lluvia no nos dejó tener la imagen romántica en la cabeza y en cambio nos dejó en la choya sendas gototas que nos hicieron refugiarnos en un estratégicamente colocado pasaje comercial con trampa de turistas: postales, llaveros, peluches, réplicas de katanas y todo para regresar a casa con cero yenes. Como fue.

Esperamos a que bajara la lluvia un poco y mientras corríamos a un lado del acuario del lugar (cerrado) para tomar el camión de regreso a la estación de trenes de Ise no podía dejar de pensar que estar en Japón es verdaderamente una experiencia que cambia vidas, al menos para alguien que vive a 15 husos horarios de distancia.


Para llegar a Ise desde Nagoya, adivinó usted, salen los trenes desde la estación de Nagoya y llegan a la estación de... wait for it... Iseshi. Un tren, pero cerca de 2,500 yenes DE IDA. Falta el camioncito a Futamigaura (del que no recuerdo el precio) más comida más recuerditos varios. No es para cuando la pobreza impera en la cartera, pero lo viajado no lo quita nadie.


---
Oyendo: Torreblanca - Roma



Ciudad Toyota

...que originalmente no se llamaba Toyota (豊田 - とよた), sino Koromo (挙母 - ころも) y que cambió su nombre debido a la muy famosa armadora automotriz, originalmente ¡fábrica textil!

Poes bien, ya estamos en Japón. ¿Qué queremos hacer? Ver un partido de fútbol soccer, obviamente.
Normalmente hubiera mandado a la chingada a quien hubiera sugerido la idea, pero eso implicaba dos cosas: la primera era conocer un estadio mundialista (además del Azteca, desde luego) y la segunda conocer otra ciudad que no fuera Nagoya, aunque están en la misma prefectura.

Pasó que había un partido cerca (no importaba mucho quién contra quién; no teníamos la menor idea al final), se compraron los boletos para entrar y el día del partido nos lanzamos a la aventura ya que, claro, nadie tenía la menor idea de cuanto tardaríamos en llegar o cómo se le hacía para aterrizar ahí.

Preguntamos en la estación de confianza y nos dieron santo y seña de la manera de llegar: dos trenes y una hora de camino. Aún así, íbamos con el tiempo justo y rezando a todo lo que nos sabíamos para llegar puntuales, pero al final disfrutando el precioso paisaje de las afueras de las ciudades japonesas cuando viajas en tren.

Nomás bajarnos preguntamos (¿por qué no?) cómo llegar al estadio. Teníamos dos opciones: camión o caminar; con el tiempo encima decidimos dejar el turisteantismo para cuando terminara el partido. Llegamos con unos cinco minutos de atraso que se hicieron como 15 al dejar caer la baba ante el estadio.
Desde la plaza que lo rodea, se respira el ambiente japonés: relajado, ordenado, armonioso y sin los desmadres que un partido de fútbol con el equipo local supondrían de este lado del planeta. La construcción en sí es impresionante: techo retráctil, letreros en perfecto estado, limpio, muchas escaleras para llegar a tus gradas, y un entorno no opresivo como muchos de los estadios a los que he ido. Fácilmente tomamos como 50 fotos cada quien del puro edificio.

Jugaban los Nagoya Grampus contra los Niigata Albirex (sí, así de raros son los nombres de los equipos en Japón, sospecho, solo en el fut: el béis tiene a los Yomiuri Giants, los Chunichi Dragons y los Hanshin Tigers) pero el partido parecía más de bajo perfil que, con la disculpa de los fans, uno del Zacatepec contra el Cobras: SÚPER tranquilo, las porras encontradas en los extremos de la cancha, nadie gritando y la mitad de las gradas vacías. A esto le faltaba acción y nadie más indicado para hacerlo que los ocho latinos gritones sentados en gayola. Se hicieron dos equipos (o montón: solo uno le iba a Niigata por que había estado en la ciudad) y al final Grampus ganó 2 a 0 y el estadio se caía de la emoción (#not).

Bueno, ni los equipos: nipones al fin, los perdedores fueron A PRESENTAR SUS DISCULPAS a su porra y los ganadores a AGRADECER a la suya, haciendo reverencia y saliendo en orden. Los fans hicieron lo propio y el recinto estaba vacío, sin mentirles, en menos de 40 minutos. Ya quiero ver eso en el Olímpico de C.U. o en el Omnilife.

Ahora si, con cámara en mano y tiempo de sobra, caminamos de regreso a la estación. Toyota (ex Koromo) es una ciudad muy chiquita pero increíblemente linda: calles derechitas y limpias que con cerezos en flor se ve impresionante, arroyitos de agua con calzadas especiales en las calles, gente amable y negocios de barrio donde la gente sí consume. Creo que lo más "de franquicia" que vi fue el Bar Mexigan que, como el nombre intenta decir, tiene concepto mexicano. Al menos le echan ganas. Nunca se imaginaron que llegarían mexicanos de verdad pidiendo alcohol como latinos de verdad y el pobre bartender/mesero estaba entre sorprendido y muy nervioso.

Nos dio el atardecer en la ciudad y dio también la hora de regresar. Medio ebrios (la verdad es que esas margaritas sí pegaban) emprendimos el regreso, con un conocimiento nuevo: el fútbol no es violento en todos los lugares de este planeta.


Cómo llegar desde Nagoya: de Nagoya eki (duh) tomar la línea Sakuradori hasta Gokiso y de ahí la línea Tsurumai hasta Toyotashi. No es más de una hora con quince minutos.

El Bar Mexigan es un bar muy chiquito pero con buena vibra del bartender y concepto mexicano kitsch cual taquería para extranjeros en la CDMX. Está básicamente pegadito de la estación Toyotashi, quizá a media cuadra. Hay un MacDonalds en la misma calle, lo que la hace una buena opción si no queremos darle nuestro dinero al payaso Ronald.

---
Oyendo: Placebo - English summer rain



Asuke y Arimatsu

Parte del intercambio al que fuimos a Japón, además de proveer entrenamiento técnico, consiste en salidas programadas a lugares de interés cultural. Asuke y Arimatsu son dos pueblitos que quedan cerca de Nagoya y son, cada uno a su manera, un referente de Japón tradicional que se ve poco si eres turista y no sabes que existen.

En orden cronológico (espero), empezamos con Asuke. Cual pueblo del Nipón romántico de película de Ghibli, este pueblito al este de Nagoya todavía tiene una granja tradicional a la orilla del río Tomoe, con ruedas que proveen fuerza mecánica gracias al movimiento del agua y montañas que quitan el sueño (o el aliento, si uno quiere llegar al mirador de la mera cima). La dichosa granja ya es un híbrido raro entre talleres funcionales y museo para visitantes, pero la gente en general se ve muy contenta con lo que está haciendo. Aprendimos el proceso de creación del washi (papel de arroz japonés), el de la creación de sombrillas y cómo se funde y moldea el afamado acero japonés.

Pero las estrellas del lugar son otras: el mentado mirador de la punta de la montaña y su vista en otoño, donde los montes que rodean a Asuke se visten de rojo y naranja con las hojas de los árboles. (Dicen. Nosotros fuimos a mitades de primavera, desafortunadamente.) Como sea, el lugar es de verdad precioso; subir el monte Iimori, pasear al lado del río, comer en alguno de los restaurantitos que atienden los lugareños, o vagar por el cementerio (sí, por el cementerio: no son lugares "malditos" como en occidente, y este en especial está en las laderas de un bosque de bambúes, muy impresionante) son cosas que uno tiene que hacer, si se puede, mientras está en el país del sol naciente. En camión no fue más de una hora de viaje, pero según esta página con mucha suerte y al menos un transbordo uno puede hacer dos horas y 1500 yenes (bueno, si llegamos en tren a Toyota para ver un partido de futbol, aventarse otros 40 minutos para ver el otoño brillar no debe de ser nada).

En cuanto a Arimatsu, si Asuke pasa un poco desapercibido este prácticamente es invisible. Comido por la mancha urbana de Nagoya, originalmente era un pueblo al sur de la gran ciudad (donde, además, Oda Nobunaga ganó una batalla) y ahora es un pacífico caserío dedicado casi exclusivamente a la producción de shibori. El shibori, o teñido con bloqueo [de la tela] (piensen en los patrones de las playeras hippies), ocupa cerca de un tercio de todas las casas. Me gustaría decir muchas cosas padres de Arimatsu, pero salvo el museo-tienda chiquitín dedicado a la técnica y la inmensa paz que se respira comparado con la capital de la prefectura de Aichi, no hay mucho que podamos decir de acá.

¿Cómo llegar? Muy fácil: tome la línea Meitetsu desde la estación de Nagoya, al sur de la ciudad, y en menos de una hora está usted llegando a la tierra de la tela tejida a mano con todo para el bonito regalo de las tías: pañuelos, mascadas, posavasos, bolsas, blusas...

---
Oyendo: Paranel - Itsuwaru (mentir)



Nabana no sato

En la recepción del dormitorio donde nos estábamos quedando nos sugirieron visitar un lugar llamado Nabana no sato (なばなの里) que no estaba exactamente cerca, pero valía la pena las tres horas a lomo de burro.

Total que dijimos casi todos que sí. "Casi todos" significa no menos de 15 latinos ruidosos muy perdidos y casi recién llegados al otro lado del mundo (o el futuro, como me decía un amigo). El rollito de la estación de trenes ya lo escribí por acá, pero si les da flojera dar un clic extra se los resumo: nos separamos en dos grupos. El grupo en el que iba yo salió un tren atrasado.

No era mentira eso de que no estaba cerca, al menos en estándar japonés. Google Maps me azota en la cara que hicimos una hora y piquito entre caminar, perdernos en la estación, tomar el tren, bajarnos y perdernos en la estación para tomar el bus que, finalmente, nos llevaría a la puerta del parque temático. Pero valió cada minuto el viaje; tanto por el viaje en sí (cruzando arrozales, ríos, lagunas y pueblitos) como por la tarde Y noche que estuvimos ahí. Es caro pasar (JPY 2,000 la entrada) pero se compensa con cuponcitos por la fantabulosa cantidad de JPY 1,000 para gastar ahí dentro pero no en todos los lugares. No se puede todo en la vida.

Entrando entrando está la tragadera los puestos de comida, todavía cerrados (a la distancia, sospecho que están estratégicamente localizados para comprar la caminera de regreso. Well played, Japan.) Enfrente, flores. A la izquierda, flores. A la derecha, árboles de flores. Alrededor, nativos de Extranjia y nacionales por igual abarrotando el mega parque. Todo iluminado como de ensueño.

Entre tanta florecita, y después del súper drama de separarnos para llegar y que el grupo de avanzada llegara por gracia de Dios, decidimos... sí, separarnos pero ahora en grupitos que ya dejaban ver quien se iba a ir de pedo con quien los siguientes siete meses. Pero me desvío.

Grupitos, dije. Y de cualquier manera, mientras decidíamos si ir a los árboles o mejor al invernadero de begonias o al lago o al mirador de 15 minutos pero 3 horas de fila... apliqué un YOLO y me les perdí. Casual. De todas maneras teníamos una hora decidida para vernos todos en la entrada y tomar el último camión de regreso.

Si no hubiera sabido japonés me hubiera puesto a llorar como niño en la feria para que pasaran los guardias y me llevaran a la puerta (igual y hasta me regalaban comida). Pero no: hice mi ruta solo y probé mi suerte hablando aunque fuera mal, pero para esto me había entrenado la mitad de la adolescencia, así que tenía que servir de algo.

Hice mi propia ruta. Primero el terreno de los árboles. No eran, tristemente, cerezos (de los que ya hablamos en la entrada de Nagoya); más bien eran ciruelos y algunas otras especies plantadas con el suficiente espacio para que puedas apreciar cada árbol con calma -y la concurrencia lo entiende. No se empuja, no se apelmaza en un lugar y respetan el orden sugerido para recorrer el terreno.

Pasé enfrente del invernadero y me dolió un poco el codo: otros JPY 1,000 para la entrada. Mejor me sigo caminando con dirección a la fila inmensa del mirador estilo OVNI-pesero (se sube gente, se sube el, baja el, bajan a la gente). 15 minutos de ver tus terrenos pero una fila que parece Six flags en domingo de vacaciones; ahí definitivamente no voy a entrar, mejor me regreso al invernadero.

Fueron 1,000 yenes que me dolieron al pagar pero valieron la pena una vez dentro: no solo había begonias, la pared rebosaba de orquídeas, margaritas, crisantemos, girasoles y otras tantas flores. Como sacado de alguna película de animación, aquí si podría uno echar novio sin ningún problema. Fuera ya empezaba a hacer frío.

Empieza a anochecer sobre un campo plantado de árboles y flores y podría ser así de romántico como lo leyeron si no estuvieras rodeado de otras 2,000 almas. Empiezan a iluminar los árboles desde abajo y se empieza a descubrir la verdadera magia del parque: el espectáculo de ver todo el parque iluminado por luces suaves sí puede enamorar... pero lo mejor viene a continuación.

Letreros que dicen "Continúe hacia el túnel de las luces" iban apareciendo por el caminito marcado a la vez que la gente se detenía más y más. Cuando finalmente llegamos al dichoso túnel, entendí por qué: el "túnel de las luces" es precisamente eso: un túnel lo bastante amplio y grande para que todos crucen sin problema, REPLETO de foquitos con forma de flor y, aunque es largo, con la pura cara de menso que pone uno al pasar por ahí es más que suficiente para que la gente se vaya deteniendo mientras atraviesa.

Al final del túnel te mueres. Sí, de la impresión de ver la verdadera estrella del parque: un montaje de mapping sobre unas colinas con todo y efectos de sonido que deja pendejo al resto del megajardín. No recuerdo cuanto tiempo dura, pero sí me acuerdo que lo grabé en la cámara y en el celular por si acaso. Atrasito del mirador para el mapping había un puestito triste y desolado que escribía "甘酒" en un cartelito. Amazake es una bebida dulce, caliente, sin alcohol hecha de arroz. El primo puberto del sake, pues. Y con el frío de la noche, sabe como a un regalo de Dios para el mundo.

Para salir del mirador y regresar al punto de partida hay que atravesar otro túnel de luces, ahora con más para apreciar y, claro, la misma gente haciendo la misma cara de menso al pasar.

¡Es hora del show! En medio de Nabana no sato hay un inmenso lago que estaba a punto de tener un juego de fuentes iluminadas al compás de música clásica. De fondo, una casita tipo chalet que le da un aire muy extraño a todo una vez que reaccionas que estás en una isla de Japón.

Show's over, folks. Y mis patitas me mentaban la madre después de caminar sin parar unas cinco horas. Pero como caído del cielo (o más probablemente gracias a un buen diseño del parque) las mismas patitas me condujeron a un 足湯 (ashiyu), que no es más que una salida "natural" de agua caliente que los viajeros usaban, precisamente, para relajar los pies mientras iban de un poblado a otro. ¡Sin costo! (salvo por las toallitas para secar las patas una vez que te cansas de tener los pies mojados y calientitos pero la espalda fría). Me quedé a posar mi cansancio ahí por lo menos quince minutos y decidí que era un buen momento para buscar más mexicanos regados por el parque.

Sí, estaban donde los dejé. Y mientras ellos por indecisos recorrieron A, B y C, yo fui de A hasta F y compré atolito japonés. Fui un poco la envidia de varios, que seguro no se atrevieron por falta de valor para hablar lo que practicábamos en clase.

Unos abrazos e intercambios de opiniones después, había llegado la hora de irnos comer, que haciendo cálculos no teníamos nada en la panza desde como las 12 del día. Después de algún ramen o unas salchichas preparadas, ahora sí, el día había llegado a su fin.

Y sin preocuparse mucho: todos conocíamos el camino de regreso, aunque lo hayamos hecho en dos tandas.

---
Oyendo: Perfume - FLASH



Nagoya

No lo sabíamos entonces, pero Nagoya es la cuarta ciudad más grande de Japón (después de Tokio, Yokohama y Osaka) y fue destruida completamente en los bombardeos de 1945. Ergo, es una ciudad reconstruida. Nueva, vaya: lo único que vi que podría decirse "tradicional" fueron dos cosas: Oosu kan'non y el castillo que no es castillo. Lo demás, desde las Mode Gakuen Spiral towers hasta el parque Tsurumai pasando por Nayabashi ya tenían una manita de gato. Pero vayamos por partes.

Nagoya, como les decía, es una ciudad moderna y un maestro, tiempo después, me la describió como "Japón que no es de verdad". A la distancia, tiene un poco de razón: es muy occidental para ser nipona y muy japonesa para estar en América. Una curiosa mezcla de dos mundos.
No me malentiendan, es muy bonita, y adecuada para ser el punto de entrada al país del sol naciente a extranjeros que probablemente de la antigua Cipango solo hayan visto anime. Nayabashi, sospecho, fue nuestro primer punto de encuentro real con Japón: es básicamente un puentecito de piedra que cruza un río a la mitad de la ciudad, casi caaaasi como el Río de los remedios acá. No es el máximo punto de interés turístico de la ciudad (y uno podría ir de paso sin conocerlo, incluso), pero era nuestro camino a Sakae y Shinsakae, las dos zonas comerciales de Nagoya e izakayas (cantinas tradicionales), pubs irlandeses, Starbucks o Tully's que se cruzan en el camino y es un ejemplo de algo que se ve a lo largo de Japón: el respeto a los cuerpos de agua. Así como lo puso la naturaleza, así lo encauzamos y le ponemos puentes bonitos para admirarlo, pero nada de entubarlo o cubrirlo o, peor aún, ensuciarlo.

Nagoya es una ciudad fría y con mucho viento, al menos en marzo; una noche había una temperatura de cerca de 8 grados, lloviendo y con un ventarrón que Kamisama guarde la hora. Y si a eso le agregamos que para ir de donde nos hospedaron a la estación de metro más cercana hay que pasar por un bajopuente de piedra llega un momento en el que uno se siente Mary Poppins volando con su paraguas.

Como casi todas las ciudades grandes en Japón que visité, tiene una conformación chistosa: hay un parque horizontal en el centro de la ciudad con un repetidor de telecomunicaciones enorme, que normalmente se llama "[nombre de ciudad] tower". Cerca de este parque está una rueda de la fortuna que no tiene sentido para nada: a un lado de un edificio... y se llama Ferris Wheel (Nagoya es un puerto, punto parcial. Pero ¿literalmente pegada de un edificio?). Entre Sakae y Shinsakae hay una estructura ovalada muy grande llamada Oasis 21 que sirve de igual manera como parque recreativo, estación de autobús, centro comercial y lugar de información a turistas. El techo, por fuera, tiene agua suficiente como para ahogar tus tobillos, cercado por una discreta vallita que llega, precisamente, al huesito del pie. Tiene restaurantes que se veían monones, pero nosotros no nadábamos en dinero y mejor cenábamos en los lugares de gente modesta: Yoshinoya, Sukiya o Matsuya, restaurantes de comida rápida.

Shinsakae. Según mi experiencia, es básicamente el distrito de bares de la ciudad... si entendemos por bares los lugares con 10 asientos hacinados en edificios de 15 pisos. Hay honrosas excepciones (como el ID, un antro ¡de cinco pisos!) pero en realidad eso es lo que entienden por bar en Japón, un lugar muy íntimo/chiquito. Naturalmente, me di una vuelta yo solo por el distrito para ver el movimiento y es de lo más extraño ver locales filipinos e hindús hundidos en sótanos.

Regresemos a algo menos denso. Oosu Kan'non es un templo budista dedicado (a falta de otra palabra más acertada) a... Kan'non, la buda de la compasión (LA buda por que al pasar a Japón la cambiaron de sexo, muy casual) rodeado de un complejo de tiendas y restaurantes. Es un remanso pequeño de tranquilidad entre el desmadre de las vías rápidas que lo rodean... y además está poblado por GATOS. ¡GATOS!

El castillo es todo un tema. Sí, es la estructura del castillo de la región. Sí, tiene su jardín y su fosa y sus edificios administrativos adyacentes. No, ya no es un castillo por dentro.
¿Cómo? Pues es un museo ahora. Precioso, con maquetas y réplicas y armas originales, pero ya por dentro no tiene ni las vigas de antaño. Más que adaptar el edificio a las exposiciones, rehicieron el interior y ahora son 6 pisos (si no recuerdo mal) muy modernos, incluyendo el mini mirador del último nivel. No hay decepción, sin embargo; la visita vale muchísimo la pena.

El parque Tokugawa es un parque (duh) un poco más alejado hacia el este. Es pequeñito, pero la visita es brutalmente gratificante. Un lago enorme al centro con koi (carpas) y alrededor árboles, cascaditas, casas como para la ceremonia del té y caminos de piedra que invitan a perderse por todo el lugar. El día que fuimos pudimos presenciar de pura suerte una sesión de fotos de dos chicos que se iban a casar, el con su hakama y ella con su kimono blanco ceremonial. No se me ocurre otro lugar mejor dentro de Nagoya para hacer esta sesión tan romántica.

Dejé Tsurumai casi al final por razones sentimentales. Digamos, como que hicimos el famosísimo hanami ahí.
El parque por sí solo, sin flores de cerezo, es completamente digno de visitarse en cualquier momento. Con lagos artificiales, fuentes y un kiosko central de piedra es ideal tanto para echar novio (si los japoneses lo hicieran) como para llevar a los hijos a jugar béisbol (que no futbol: es de reciente introducción) o echar una o tres caguamas. Oh sí, en Japón se puede tomar en la calle, sospecho que por que allá no hacer desfiguros es cosa de honor y no un delito castigable.
Para el caso. Llegamos a Japón a mitades de marzo, lo que significaba que llegamos en tiempo perfecto para ver abrirse los capullos rosas que se convertirían en flores.

Fuimos un grupo de cinco mexicanos cerca de las seis de la tarde. Hacía frío y mucho aire y todos llevábamos doble chamarra. Pero nada más nos bajamos del metro y nos asomamos al pobladísimo parque con ese mar fantástico de rosa en las copas de los árboles sentimos que no había más en el mundo. Ya con la baba caída nos fuimos metiendo al parque a ver chingomil nipones y extranjeros bebiendo alegre y respetuosamente... sentaditos en seiza (la forma de sentarse que relacionamos con Japón) sobre una lona azul con los zapatos a un lado del plástico. Mucha risa, mucho MUCHO alcohol y sobre todo mucha admiración por, quizá, su fiesta nacional más valorada. De verdad es sobrecogedor ver tantas flores abiertas en un espectáculo muy breve: las flores ya estaban cayendo y con el viento hacían un torbellino rosa que provoca ganas de llorar de la emoción. Me apropié de algunas flores a punto de caer, las puse a secar y mucho tiempo después hice cuatro separalibros con ellas.
Algo debería conservarse de esa belleza finita, aunque sea entre dos micas transparentes.

Por último de la ciudad, una anécdota. Nagoya eki (o sea, la estación de Nagoya) es un gran Cetram de verdad: metro, autobús local, autobús foráneo, tren y sitio de taxis. Cuando nos acercamos a una taquilla a comprar un boleto de metro y no nos dimos a entender, los pobres encargados del localito tuvieron que recurrir a lenguaje de señas para decirnos que ahí no era el metro, que era la estación de trenes. Como de película absurda, cuatro mexicanos y dos japoneses "hablando" a señas para que, después de 10 minutos y con una fila de nipones desesperados atrás de nosotros, finalmente pudiéramos concertar en que las taquillas del metro estaban a una distancia equivalente al trasbordo de La Raza en la Ciudad de México. Hay que aprender de alguna manera, pero creo que este es un modo que no quiero volver a repetir.

Desde luego, tenemos muchas más cosas de las cuales hablar acerca de la ciudad (los malls subterráneos, el puerto, la fantástica planta de incineración de basura, el Nagoya dome -estadio de béisbol-, el museo de Toyota, Nana chan...) pero esto no es una guía de turistas por más que quiera. Puedo escribir de lo que me acuerde si lo quieren pero esto, por ahora, creo que es bastante para darse una idea de la ciudad y su ambiente internacional pero no tanto. Sigue siendo Japón, pero de alguna manera creo que quisieron hacerla TAN moderna que casi se pierde en el proceso.

---
Oyendo: Röyksopp - Eple