Tokio - primera visita... parte dos

Les mentí ligeramente. Hasta principios de diciembre estuve como ropa interior de vendedora de caricias, pero en todo caso el año nuevo pegó con tubo y hasta ahora tengo chance de escribir. Sus Mercedes disimulen.

Hablemos de los siguientes dos días de este viaje a Tokio un poco más rápido o se nos va la vida aquí. Trataré de ser conciso pero lo más explicativo posible.


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El día dos lo empezamos muy muy temprano. Como a las 5:30 de la mañana. La razón es que la organizadora del viaje quería conocer el mercado de Tsukiji (築地), que es el mercado de comida del mar más grande de Japón.

Nos "metimos a bañar" en un ofuro (お風呂) público. Es decir, un baño público sin divisiones, lo que permite hacer una comparación bastante decente entre Japón y Latinoamérica, if you catch my drift. Aquí una parte del grupo nos falló: el gordito no quería que viéramos toda su exuberancia en el ofuro, otro chico traía su propia agenda, y una chica simplemente dijo que no; de modo que seis de la mañana salimos cuatro con rumbo a Tsukiji.

A decir verdad estábamos bastante lejos, y llegamos cerca de las 7 solo para darnos cuenta de que ese día estaba cerrado (no abren todos los días, como vemos acá en japonés, es una subasta de pescados). NO es una atracción más turística que visitar la CDMX e ir a La Viga (y de todos modos te advierten bastantito que dejes trabajar a los locatarios) pero la pobre amiga casi llora del coraje; sin embargo, como traíamos más cosas en la visita nos movimos rápidamente al punto número 1 de visita turista en Tokio: el cruce de Shibuya (渋谷).

Dios bendiga las lentes profesionales de cámara (y el imaginario colectivo) que lo hacen ver más grande de lo que verdaderamente es: haciendo cálculos, es ligeramente más grande que el cruce de Juárez y Eje central en la Ciudad de México, pero nosotros tenemos mucha más gente cruzando para ver Bellas Artes. Punto para México. La amiga organizadora casi se infarta de no ver hectáreas de cruce peatonal. Penal en contra de Japón. No deja de ser una gran atracción por los edificios y la cantidad de gente que atraviesa de forma organizada por esos pasos de cebra que van de todos lados a todos lados, pero una quisiera que fuera más grande.

En una de esas esquinas está el perro más famoso del mundo. Hasta película tuvo (y la gente lloró como si no hubiera un mañana). Hachiko (Hachikou - ハチ公) fue el perro de un profesor que todos los días tomaba el tren aquí, y un día no regresó, pero el perrito lo esperó afuera de los torniquetes hasta morir. Tuvo funeral y todo. La estatua es -adivinen- muy chiquita pero la expresión que le dieron es bastante linda, como de añoranza. Lo malo es que como estación vital para el tráfico subterráneo de una de las ciudades más grandes del mundo la gente la toma como un punto de reunión A. TODAS. HORAS. Esto hace que encontrar la estatua sea un poco difícil si no tienes más indicación que "está en una de las salidas de la estación" (pista: la sureste).

(No tan) cerca de ahí está Harajuku (原宿). ¿Ubican, las Harajuku girls? Pues sí, acá compran la ropa, en una calle llamada Takeshita (竹下). Estratégicamente colocada a un lado de la estación Harajuku del metro, y un poco más alejada del Gimnasio Nacional Yoyogi (国立代々木競技場) -usado en las Olimpiadas del 64 y que se usará en las de 2020-, es un sitio para tener una tarde divertida... pero fue más que eso. Por purititita casualidad, ese día se organizaría la marcha gay de Tokio y por alguna razón que todavía no comprendo nos invitaron a formar parte.

Viniendo de la Ciudad de México, "marcha gay" suena a MUCHA gente. En Tokio no. Entre sus muchos problemas está un machismo brutal (que obliga a la jotería a vivir una doble vida, casándose para guardar las apariencias) y una obsesión por no sobresalir del grupo por ningún motivo. Junte usted esas dos, e imagínese que la marcha gay, que en cualquier lugar de Occidente cierra avenidas por horas, aquí se compuso de UN CARRIL CERRADO y no más de 2000 personas. Eso sí, todo en orden, a pesar de haber pasado por la puerta principal de una de las compañías de medios más grandes de Niponia. Imagine usted el escándalo y glitter que se desprendería del contingente machomenos pasando enfrente de Televisa, o de la NBC. Pero en Japón, aunque cerca del 80% de la gente reunida NO era japonesa, no hubo disturbios.

Espantados, el resto de la muchachada azteca decidió que era un buen momento para continuar el viaje. El viaje siguió por debajo de la tierra, que nos escupió en Ueno (上野).

La estación Ueno es brutal. Es un CETRAM como Kamisama manda: tren local, tren express, shinkansen, camiones y taxis. Ah, y un mall dentro de la estación, casual. Acá la organizadora se nos separó por unas dos horas (en la que fue a comprar implementos de cocina) mientras nosotros gastamos la beca en un neko café, el Nekomaru. Sí, un café con gatos.

Gatos que, para la hora a la que llegamos, ya estaban hartos de ser el juguetito de la gente, entonces estaban muy encaramados en sus postes. Alguno se dejó acariciar, pero no fueron exaaactamente amistosos; eso o nos vieron con los ojos más grandes de lo habitual.

Nos reunimos de nuevo y pasamos a proceder a la última parada del día (¡por favor!): Odaiba.

Para llegar a Odaiba (お台場) tomamos una línea de metro (Yurikamome  - ゆりかもめ) que aunque es espectacular -no está pilotada por humanos-, es bastante carita con respecto de las demás, sin mencionar que no entra en la promoción de la tarjeta donichi (una tarjeta exclusiva de los fines de semana para andar en metro las veces que quieras). En cualquier caso, pasar por debajo del Rainbow Bridge para cruzar la bahía al atardecer es un verdadero lujo. Más lujo sería, en realidad, ver el resto del atardecer desde el mirador del lugar, enfrente de Fuji TV y con vista al puente que cambia de iluminación cada cierto tiempo.

Atrás del edificio de Fuji TV está un centro comercial llamado DiverCity Tokyo que hasta este año alberga una estatua movible de un Gundam, la cual, por cierto, tiene (o tenía) horarios donde se proyecta una película del anime, aderezada con el movimiento del robot. Para acabar bien el día, pudimos cachar esta presentación, que no se presenta si no dos veces a la semana. Si ven esto antes del 5 de marzo, CORRAN. Valdrá mucho la pena la inversión en el viaje (o si estamos cortos de dinero, la estación Aomi - 青海 los lleva igual, sin pasar por debajo del puente).

Cerca de las 9 de la noche, cansados y desvelados pero contentos, emprendimos el regreso al hotel. Todavía nos faltaba un día más y lo que todo friki quiere conocer.

Ubicaciones de los lugares:
Mercado de Tsukiji (la estación se llama, eh, Tsukiji)
Shibuya (seh, estación Shibuya)
Harajuku/Takeshita/Yoyogi (ditto)
Ueno (ya se la sábanas)
Odaiba/Gundam gigante (¡Corran les digo!). Extrañamente, la estación se llama solo "Daiba". Para llegar por Aomi, vaya acá.

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¿Ven? Me fui como hilo de media. El tercer día estuvo bastante más relajado, así que lo intentaremos hacer más corto.

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Oyendo: E.S. Posthumus - Nara



Tokio - primera visita... parte uno

¡Ay ay! Ya se que no he estado aquí en un rato, pero entre que doy clases, tomo clases y salvo a mi oficina apenas puedo dormir. Sus Mercedes sabrán disimular.

Regresemos en el tiempo y volvamos a Nagoya. No mucho, tampoco es manda. Solo que los dos viajes que hice a Tokio empezaron igual: noche muy noche y en Nagoya eki.
Noche, les digo, por que compramos el bus barato (夜行バス - bus nocturno) que además tenía otra ventaja: podía uno dormir todo el viaje a aparecer como teletransportado en la gran Capital del Este -significado de Tokio-.

En teoría, al menos. No me quejo de las carreteras, son básicamente perfectas... pero el autobús está hecho para mini japoneses, que ya es mucho decir. Si yo no cabía, imagínense el chico que mide 1.80 para todos lados.
Como sea, hicimos dos paradas en igual número de autostops que ya quisieran los centros comerciales de mi país: comida recién hecha, tienda de recuerditos, BAÑO, tienda de conveniencia... todo para el viajero pues. El frío de las 2 y 4 de la mañana y la fila enorme para el baño y la adquisición de víveres no impidió que le sacara foto a los dos centros comerciales. 15 minutos exactitos después (en ambas ocasiones) el autobús regresaba a la gran mancha negra del camino nocturno.

6 de la mañana, como pinche reloj suizo, arribamos a Shinjuku, no importando que fuera esta visita que les narro hoy o en la de la Golden week, que será después. Por ahora veamos qué pasó en la primera vez.

El itinerario ya estaba hecho por la guía del viaje (la misma amiga de Ise) y el entourage -otras dos chicas y cuatro chicos- solo decíamos que sí. No es malo, si no lo hubiéramos hecho probablemente no hubiéramos visto ni la tercera parte.

El punto número uno de la agenda era desayunar. El número dos dejar las mochilas en los lockers de la estación de Shinjuku y el tres, visitar la torre de Tokio.

Así pasó. En uno de los pasillos de Shinjuku eki nos encontramos un Burger King con un gerente que no se veía así japonesoso. Todos teníamos curiosidad pero el único que se atrevió a preguntar fui yo. El chico era de Nepal. Sí, NEPAL. Podría haber sido sherpa pero es gerente de un Burger King. Pasado el choc, y con una hamburguesa en la panza, dejamos las mochilas en la estación para la mitad del día. Ojo aquí, pasa como en el sistema de paquetería personal de los supermercados: metes tu bulto, cierras la puerta, metes tu moneda (500 yenes, creo), das la vuelta a la llave y listo. Algo súper sencillo, con poca probabilidad de equivocarse.

Vimos la torre de Tokio por abajo (a las 7:30 de la mañana en puente está muy muy difícil que esté abierta al público), y no habiendo mucho más que hacer encaminamos nuestros pasos al museo de Ghibli, con el boleto que habíamos comprado con un mes de anticipación. Si hacen cuentas, fue casi lo primero que hicimos al llegar a Japón (esto de planear viajes por adelantado no deja nada bueno, como verán en la segunda vuelta a Tokio).

El museo de Ghibli es todo lo que uno se puede imaginar y un poquito más: bocetos a mano, construcciones steampunk para niños, un Nekobus/trampolín para suertudos chilpayates (no dejaban subir adultos pero, sospecho que por presión de la concurrencia, ya pusieron uno para gente más grandecita) y una terraza jardín ambientada como Laputa. Incluso un pequeño cine que proyecta cortos exclusivos de 15 minutos.

Con una sonrisota como de Totoro regresamos por las mochilas para irlas a dejar al hotel cápsula (que, adivinaron, ya estaba apartado). Llave, moneda, mochila. Simple, ¿no?

No: una mochila no estaba. El locker estaba cerrado y regresó la moneda pero no había mochila. La dueña se puso blanca, que ya es bastante decir.

Momento de tensión. Pausa dramática. Duelo de miradas como en telenovela. De repente, a un lado de los casilleros, letrero salvaje reza "Para ayuda con los lockers, llame a este número: XXXXXXX". Miradas en Toño.

Ya teníamos celular, desde Nagoya. Llamo, hago la voz lo más clara posible y del otro lado de la línea entienden que hablan con un extranjero nervioso. Me dice el viejito: "No te alejes, va alguien en diez minutos" y agradezco colgando. Diez minutos después (juro que cronometrados), un señor con kepí se aparece ante el grupo de preocupados mexicanos a preguntar qué había pasado. Miradas en Toño de nuevo, junto con la guía.

Entre los dos le dijimos lo que había pasado y el señor, con toda la experiencia del mundo, se las huele: abre el locker de abajo, y...

-¡MI MOCHILA!

Después de la vergüenza internacional, llené un formato con el parte, la descripción de los hechos, firmé de enterado y nos fuimos todos con la cara roja de pena.

Kinshicho inn es un hotel cápsula donde los dependientes hablan un inglés un poco más fluido que el resto de japoneses -lo cual me explicó cómo no fui requerido para encontrarlo. Cosa rara, por que de Kinshicho (錦糸町 - el nombre del barrio) se habla en Tokio como hablamos de la colonia Doctores o la Bondojito en la Ciudad de México: peligroso, viejo, descuidado. Pero al mismo tiempo, está a 15 minutos caminando de la Tokyo Skytree, la torre de telecomunicaciones/mirador/mall más nueva de Tokio. Como si la Torre Mayor estuviera a 10 minutos caminando de Tepito, pues.

Confirmamos la reservación, dejamos las mochilas, y caminamos a conocer la torre más alta del mundo. Subimos al mirador de abajo (nomás el piso 350) por que al de arriba (¡piso 450!) se cobraba más caro. Fotos, fotos, más fotos y haaarto souvenir después nos dieron las 10 de la noche, y el día siguiente empezaba a las 6 de la mañana... decidimos bajar y comer lo que fuera (si la memoria no me falla, fue algo de un konbini) y regresamos al hotel.

Los nenes con los nenes y las nenas con las nenas, como decía Chico Ché. Pisos diferentes para cada mitad del grupo, pues. Caminando hacia mi capsulita con tele integrada venía platicando en español con los chicos acerca de la logística del día siguiente -baño, desayuno, metro etc.- y cuando me despido escucho una voz en un español chistoso que no era parte del grupo:

-Te escuché hablando español.

Ubico la voz, y MADRE DE KAMISAMA. Venía de un encuerado (con la sábana estratégicamente puesta), de pelo negro chino, ojos azules y unos brazos en los que, calculo, sí cabía sin problemas. EN LA CÁPSULA FRENTE A MÍ. Se me fue el habla tres segundos pero respondí muy resuelto que sí, que veníamos de México. El de ojos azules es de madre mexicana pero el es del norte de Europa (Noruega, si no me equivoco) y viaja frecuentemente a México a ver a su familia, aunque ahora andaba de soul searching en Asia, súper casual. Intercambiamos cuentas de Facebook, quedamos en ir por cervezas en algún momento y me fui a dormir con un "WTF" escrito en fosforescente en la frente.

[No, ya no lo tengo. Tristemente, nunca hablamos.]

Todo esto, en el día uno. Prometo tratar de darme más tiempo para dar los pormenores de los otros dos días... aunque de aquí a diciembre me hundiré en trabajo, seguro. Ay.

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Oyendo: Gustavo Cerati - Artefacto



Kusatsu

CAVEAT: hay dos Kusatsu en Japón, el bonito (con onsen y todo) y el nuestro. El otro Kusatsu está en la prefectura Gunma, para el norte; nosotros estábamos en Shiga, básicamente en el centro de la isla principal.

No, no es apreciación propia, TODO PINCHE MUNDO nos dijo que no estaríamos en el Kusatsu (草津) padre con onsen (温泉 - aguas termales naturales) y que no nos sintiéramos mal si llegaba alguien a querernos cargar pila por eso.

El pueblo es... básico, digamos. Ayuntamiento, tres súper mercados, dos o tres mercados, dos estaciones de tren apropiadamente llamadas Kusatsu y Kusatsu del sur, un pachinko (tragamonedas japoneses), dos karaokes, un mall con cine y chingos de barecitos. La gracia, entiendo, es que Kusatsu se mueve alrededor de dos cosas: la fábrica de Panasonic y el campus de Ritsumeikan university (harto prestigiosa y harto cara, me dicen mis fuentes) a las afueras de la ciudad. Es bonito, y está a la orilla del lago Biwa, el más grande de Nipón, pero no es como la graaaan cosa. Como sea, lo pase bastante bien para los tres minutos que estuve en el pueblito... los otros seis meses estuve en Kioto de contrabando.

Kusatsu lo recorrimos Karla y yo. Neófitos en bicicleta. EN DOS HORAS. De extremo a extremo del pueblo (De Ritsumeikan a Aeon Mall) en dos camiones no hacíamos más de 45 minutos con paradas con paisajes preciosos producto de ser un pueblito en la ladera de un monte verde verde en verano.

¿Se acuerdan que en el post pasado nos habían dejado en el edificio que no era y nos regresaron? Desde el edificio nuevo, en el piso 11, tenía una vista increíble a las montañas que enmarcaban la autopista, y saliendo a la baranda se veía el lago Biwa a lo lejos como en un sueño. Y si me asomaba en el atardecer, ya no quería meterme nunca más a mi mini departamento.

Mini, les digo: baño, cocineta, pasillo, estancia-comedor-sala-recámara y balconcito en menos de 45 metros cuadrados. Depas de estudiante, pues, y todos iguales: era al gusto del habitante decorar con lo que tuviera a la mano.

Yo gusté colgar mi bandera de un lado, el póster de Yoshitaka Amano y un mapa de Tokio del otro, y mis libros y laptop en la mesita baja a los pies de la base de la cama sin colchón; nos dieron un futón. La suerte quiso que a la semana un chico estudiante de Ritsumei de algún lugar del mundo se regresara a su país y rematara o regalara lo que había ocupado. Su colchón me veía sensualmente y no pude hacer más que preguntar por el... me lo regaló con la condición de que me lo llevara bajo la lluvia pues no había transporte. Y ahí vamos el y yo del edificio viejo del post pasado a Crest Kusatsu, bajo la llovizna, a las 10 de la noche con el colchón en el lomo. 20 incómodos minutos para dormir como Dios manda 6 meses no es un mal trato.

Pero me adelanto. Cuando llegamos, nos estaba esperando una señora que medio hablaba inglés para enseñarnos uno de los departamentos y luego nosotros decidir cual queríamos para darnos dos llaves. En la demostración, se le sale a la vieja esa "...y aquí está el microondas. Sí lo conocen, ¿verdad?" Estuve a punto de mentarle la madre en tres idiomas cuando me acordé que desde Nagoya todos traíamos sombreros de palma puestos. Ni cómo defenderse.

Como fuera, cinco ingenieros intentan decidir cual sería su hogar los próximos seis meses. ¿Qué mejor manera que dar el nombre alfabéticamente, meter los números de depa a random.org y dejar que el azar hiciera lo suyo? Así me hice de un departamento en el piso 11.

Siguiente punto de la agenda: ir a comer con la señora a un lugar bastante sórdido en un sótano, y tramitar un pase de autobús medio extraño: desde la universidad hasta una parada antes de la estación del tren. Si nos pasábamos, o de subida -Crest está a la mitad de una montaña- lo tomábamos en la estación, cargo de 250 valiosísimos yenes. Caminar cinco minutitos, la fantástica cantidad de cero. El pase costaba, claro, pero con lo que se ahorraba uno en pasajes salía bastante benéfico.

Enfrente de la dichosa estación (Noji, según Google maps) hay un súper, Seiyuu (no como en 声優 -actor de doblaje-, sino como en 西友 -amigo del Oeste-) y uno de nosotros mientras comprábamos trapos, tazas, platos, tenedores, y ejem, comida, se aventó un "¡qué bueno que esto no es Walmart o algo parecido!". El ticket de compra le dio una cachetadota con guante blanco al aparecer, en chiquito, "Part of the Walmart family".
En esta placita hay un Mister Donut -que es como el paraíso con forma de donas- de donde ya hasta tenía tarjeta de cliente frecuente. Estuve como a tres donas de llevarme el bonito tupper de regalo con forma de león, pero un hospital me lo impidió.

Caso curioso, que no vi en otros lados en Japón: el cementerio estaba atrás del estacionamiento de bicicletas frente a la estación de trenes. No es el camposanto cristiano místico, bardeado y estúpidamente frío, al contrario: no hay cerca y está a un lado de un área de juegos infantiles. Como si su panteón de pueblo estuviera codo con codo con el kiosko de la plaza, haga de cuenta. Alguna vez pasé por ahí y acabé en los columpios, pero la verdad salí poco dentro de mi pueblito.

Regresemos a Crest Kusatsu. Quien me conoce sabe que se me quema el agua, big time. Kusatsu lo supo y enfrente del edificio hay una cocinita con comida para llevar a precios de estudiante que básicamente surtió mis cenas mientras estuve ahí. A un lado hay una tienda mágica mística maravillosa llamada 生活応援間 (せいかつおうえんかん - "tienda de soporte a la vivienda") que vende artículos de segunda mano à la japonaise. Es decir, nuevos. Si los amigos nipones leen un maga dos veces y lo venden, ya imaginarán.
La dichosa tienda fue objeto de escándalo y álgidas negociaciones entre nuestra encargada por parte de la asociación que nos llevó y uno de los ingeñeros. El insistía en comprar en la dichosa proveedora de la bonita familia japonesa y cargarlo a JICA con el argumento de que los departamentos "no estaban amueblados". Ella respondía que el departamento "estaba amueblado" y que cualquier artículo que quisiéramos saldría de nuestros bolsillos. "Amueblado", para JICA, aparentemente significa un baño, un micro, una lavadora, aire acondicionado y una base de cama; para uno que vive en un poco más de 3x4 "amueblar" implica sillones, mesas, escritorios, libreros... en fin. Cuando JICA finalmente torció su bracito, mes y medio después, yo ya tenía silla reclinable, escritorio, un librerito y hasta una plantita en un botecito azul. Sin hacer escándalo. ¡Ah! Y colchón, no olvidemos.

Las llaves. Cierto inge con afección por las bebidas alcohólicas perdió LAS DOS (No me pregunten cómo. Si sé, pero no les voy a decir.) El angelito se aplicaba en japonés pero no estaba tan pro como para pedir copias extra. Para empezar, ni sabíamos donde. Mientras, en castigo, pasó una noche en uno de los otros depas y al día siguiente, con una resaca de esas que no se le desean a nadie, investigó donde podía hacerse de las famosas copias y me pidió que hablara. Resulta que la inmobiliaria estaba a un lado de la estación de trenes... y bajamos. Con el sol de finales de abril. La cara de perro afligido la puse yo (el ya la traía integrada desde la noche pasada) pero nos dieron dos llaves. Al lunes siguiente yo dejé la mía de repuesto en mi lugar en el laboratorio, no fuera siendo...

...y me salvó. No, no perdí mi llave, pero ese episodio se contará después (involucra un aguacerazo, dos perdidos y una maleta rota).

Kusatsu (o al menos Minami Kusatsu -Kusatsu del Sur-, la estación de trenes que nos quedaba) está a gloriosos 25 minutos de la estación de Kioto en tren. De aquí en adelante Kioto se convertirá en la base de operaciones de estos relatos; no podía ser de otra manera si más de la mitad del tiempo la pasaba allá.

El campus Biwako-Kusatsu de la Universidad Ritsumeikan no está lejos de Minami Kusatsu, pero por alguna razón se me hacía eterno el viaje en camión. Sospecho que es por que da muchas vueltas para llegar (recordemos que es un pueblito; no es como que haya muchas muchas corridas de bus) y a las 10 de la noche dejan de dar servicio, lo que era un desmadre si llegaba uno bastante noche de un fin de semana de nervios en Kioto. En esos casos, los taxis me salvaron aún cuando por 15 minutos me cobraran 1,500 JPY, un escándalo si pensamos que el pase de bus costaba cerca de 6,000. Bueno, ya hasta saludaba a uno de los conductores...

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Oyendo: Poor Leno - Röyksopp [poooorcino...]



Diario de carretera

Este va a ser un post cortito pero, espero, ilustrativo.

Después de nuestro mes y medio en Nagoya como una gran (y muy disfuncional) familia, llegó el momento de separarnos en grupos de acuerdo a la especialidad que veníamos a estudiar; cada grupo significaba una universidad -y ciudad- diferente.

Los chicos que se quedaron en Nagoya nos salieron a despedir mientras los demás subíamos nuestras cosas -las que vinieron desde México y las que se nos pegaron en el ínter, a veces hasta bicicletas- a los camiones que nos iban a llevar. Una maestra de japonés, incluso, vino desde cerca de Toyota solo para despedirnos y aunque nos pasó su correo me dolió un poco saber que ya no la iba a ver diario.

Como fuera, los camiones nos esperaban; unos a la estación de trenes (los de las bicicletas, que de alguna manera extraña iban todos al mismo lugar) y a los que el camión nos iba a dejar en la puerta de nuestros nuevos hogares. No era un camión por ciudad, así que en auténtica lógica japonesa intentaron acomodarnos de acuerdo a como nos teníamos que bajar. Más de 20 mexicanos los dejaron en "visto" y se acomodaron según donde sus amiguis estuvieran más cerca.

Agarramos camino los que íbamos más lejos. La carretera es verdaderamente algo digno de verse: paisajes de película con esa luz particular que tiene Japón que ilumina las montañas, los arrozales, los bosques y las ciudades de una manera muy especial. Contrario a las salidas de escuela que habíamos tenido desde marzo, ninguno de nosotros iba echando desmadre; emocionados y nerviosos, sí, pero extrañamente muy callados. Después de descubrir un país, a tus amigos y compañeros por los próximos seis meses y medio (o más) y la manera de comportarse por estos lares, creo que es normal que uno entre en modo silencioso al salir de la ciudad que fue tu casa cuando llegaste a un país que no conocías.

Bosques, ciudades, lagos... el viaje fue todo menos aburrido. Nostálgico, si quieren, pero no aburrido. La parte realmente rescatable pasó cuando nos dejaron a mí y mi grupo de mexicanos en la ciudad donde nos íbamos a quedar.

Aún cuando desde unas semanas antes nos habían dado la ubicación de los nuevos departamentos (con licorería monumental en la entrada), ni al conductor del autobús ni a la "guía" del convoy les llegó el memo y el chofer se siguió hacia el viejo complejo de departamentos para estudiantes. Le dijimos cinco mexicanos en japonés "違う! そこでした!" ("¡Se equivocó! ¡Era allá!") pero nanai. Cuando se detuvo mejor nos bajamos nosotros a cargar nuestras maletas hacia Crest Kusatsu ya que no era especialmente lejos (los edificios de departamentos normalmente tienen nombres, digamos, curiosos en Japón)... pero nos regresaron. Que no, que siempre sí era donde le decíamos desde hace diez minutos. Maletas en mano, nos subimos de nuevo y sufrimos un poco mientras el camión tardó más en dar la vuelta en la calle de dos carriles que en llegar a las puertas de Liquor Mountain.

Mentando madres, nos bajamos con todas nuestras cosas en dos minutos (ya las habíamos sacado del maletero), nos despedimos desde afuera de los de dentro, vimos de reojo a Rikaman (contracción de リカーマウンテン, Liquor Mountain) y dejamos nuestras cosas en el lobby del edificio mientras nos daban nuestras dos llaves y el camión seguía hacia la siguiente ciudad. Lo que siguió ese día (y chingos de anécdotas de Kusatsu, la nueva ciudad), viene en el próximo post.

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Oyendo: Claro video - Las Olimpiadas en Rio 2016



Ise y Futamigaura

Una amiga se quería comer Japón en los ocho meses que estuvimos allá, entonces viajó y viajó y siguió viajando. No está mal, al contrario: en un principio, cuando estábamos todos juntos en Nagoya, me pegaba a sus excursiones de fin de semana. Ise fue una de esas.

Ise (伊勢) es una ciudad que está del otro lado de la bahía de Ise. No pongan cara de duh, es la misma bahía donde Nagoya sale al mar; no llegamos nadando, pero entre trenes y trenes sí puede uno hacer entre hora y media y dos horas.

Cuando llegamos el día estaba nublado. El clima era bastante fresco, pero no llegaba a ser frío. Como sea, bajamos de la estación y, a decir verdad, vimos mucha calle y muy poco templo (que era una de las dos cosas que veníamos a ver). Caminamos hacia un local de información turística y mientras sacábamos fotos de todo (japonesception), una señora que iba lo que en Francia le dicen en putiza pidió tomarse una foto con nosotros. Haciendo un poco de plática resulta que ese día era su cumpleaños y que estaba tan apresurada por que sus amigas llegarían a festejarla a su casa en la noche ¡en Nagoya!, pero quería primero pasar a dar gracias al gran templo. Fotos, felicitaciones, cortesías y pegó la carrera. Nosotros, que veníamos en Babaria, hicimos mucho más tiempo que ella en llegar a la estación de buses donde estaba el local. Cuando llegamos, mi amiga preguntó cómo llegar a "los templos", así a secas. El encargado del local, muy amable, nos pasó un mapa a cada quien -cuatro-, marcó en uno de ellos las ubicaciones de los dos templos principales del complejo, la manera de llegar al más lejano, la ruta mortal para llegar al más grande pasando por todos los adoratorios chiquitos e indicó que si no nos apurábamos perdíamos el camión que salía para el templo y el que seguía salía unas dos horas después.

Nos trepamos pues. Llegando a donde empieza la caminata hacia el edificio, pasamos por un lago a la mitad de un bosque sagrado, un mercadote de chácharas dioses-approved, un río y como dos mil toriis (los arcos de entrada que separan el espacio terrenal del espacio divino de los santuarios). Pero la caminata valió la pena.

No hace falta decir que de verdad se siente la diferencia entre lo mundano y lo divino: pasando los toriis se carga el ambiente de una energía tranquila y acogedora, lejos del ruido del mercado que les escribí en el párrafo pasado. Acá adentro, además, está un río salvado por un puente de madera que da hacia las entrañas del bosque sagrado y el ambiente ahí es aún más misterioso. Con tantos adoratorios por todos lados, no podía ser de otra manera.

Pasamos por el primer templo y nos encaminamos hacia el segundo santuario, tratando de visitar la mayor cantidad de adoratorios posibles -que a decir verdad son bastantes. Cuando el cansancio ya estaba mellando llegamos a un edificio bastante nuevo hecho de madera donde la gente se arremolinaba como si regalaran arroz. "Por algo será", pensó Toño, y convencí a los demás de subir dos segundos a rezar y aventar nuestra monedita. La gente empujaba como en Pantitlán en lunes a las 7 de la mañana y no pudimos hacer mucho, más que rezar rapidito y tener un disgusto por que no nos dejaron tomar fotos del interior del templo (la reja incluso estaba cerrada). No es en vano, como les explico ahora.

Verán, Ise guarda los dos templos más sagrados de Japón: Geguu (外宮) y Naikuu (内宮), literalmente "el templo de afuera"  y "el templo de adentro". A pesar de los muy desafortunados nombres, Geguu es el santuario NACIONAL de la diosa de los cereales y la vivienda y Naikuu de nada más y nada menos que Amaterasu, la diosa del sol, donde además se dice que se guarda uno de los Tesoros nacionales de Japón; naturalmente es el templo más sagrado de la nación nipona y no dejan tomar fotos ni acercarse a menos de veinte pasos -por eso la gente hacía filas y filas y más filas para subir. Además, siguiendo las prácticas de la no pertenencia del Shinto (una de las religiones de Japón), los templos se han reconstruido cada 20 años desde por lo menos el 690 y justo unos meses después empezarían a desmantelarlo.  De todo esto nos enteramos saliendo del complejo de templos, pero se los digo de una vez que todavía nos falta en este relato.

Ya la pipí y el hambre nos estaban matando, así que regresamos al mercadito de hace cuatro párrafos y nos dejamos ir como gordas en tobogán: separalibros, cajitas, cajotas, Darumas (los muñequitos con un solo ojo pintado), Maneki nekos (aka gatitos con una pata arriba), abanicos, banderas, cascabeles e, importante, baños y comida. Tratamos de no separarnos mucho y nos turnamos para apartar la única banca que encontramos donde nuestras mochilas y nuestros cuerpazos de nervios cabían razonablemente mientras alguien iba a tomar turno para la comida, o la pis, o las dos. Acabando de comer (no recuerdo qué había, pero estoy casi seguro que comimos nigiri sushi) ahora sí nos separamos uno del otro para comprar recuerditos que Kamisama guarde la hora.

Comidos, comprados y descansados ahora sí, siguiente punto de la agenda: Meoto Iwa.

Del mercado salen los camiones para el puerto y uno nos dejó relativamente cerca, lo suficiente como para caminar por la calle y seguir tomando fotos de todo. De camino pasamos (pero no entramos) por un parque temático de la época Azuchi-Momoyama, que es la era que siguió a la Sengoku jidai (ya saben, samuráis peleando entre sí). La mayor atracción del parque es la reconstrucción del castillo de Azuchi pero entiendo que hay más cosas, como renta de vestuario, teatro, y juegos.

Como sea, cuando llegamos al puerto el cielo ya estaba verdaderamente gris, haciendo que la línea del horizonte se confundiera con el mar, lo que le daba un aspecto extrañísimo pero tranquilizador. Futamigaura (二見ヶ浦 - el nombre del puerto) tiene un santuario menor, cuya gracia es que está a la orilla del mar. Así que ni hablar, seguimos nuestra peregrinación.

A la mitad del camino, llegamos a nuestro segundo destino del viaje: las Meoto Iwa (夫婦岩 - "rocas casadas"). Seguro las han visto el algún anime o película: son dos rocas que sobresalen del mar y están efectivamente "casadas" -unidas por un lazo matrimonial-. Como todo en el país del sol naciente, se ven más grandes en las fotos que en vivo; uno pensaría que se ven chiquitas por que están leeeeejos de la costa, pero en realidad ni son tan grandes ni están tan lejos: la mayor mide no más de 10 metros y la menor unos cuatro. Estoy seguro que bajo las condiciones adecuadas la vista debe de ser tan espectacular como lo sugiere el nombre de la ciudad: se dice que mientras buscaba un lugar para construir el santuario original para resguardar el Espejo (el Tesoro en Naikuu), una princesa visitó el lugar y aunque no se decidió por la costa, volteó dos veces hacia atrás para despedirse del precioso terreno (Futami - ver dos veces. Ura - atrás). La lluvia no nos dejó tener la imagen romántica en la cabeza y en cambio nos dejó en la choya sendas gototas que nos hicieron refugiarnos en un estratégicamente colocado pasaje comercial con trampa de turistas: postales, llaveros, peluches, réplicas de katanas y todo para regresar a casa con cero yenes. Como fue.

Esperamos a que bajara la lluvia un poco y mientras corríamos a un lado del acuario del lugar (cerrado) para tomar el camión de regreso a la estación de trenes de Ise no podía dejar de pensar que estar en Japón es verdaderamente una experiencia que cambia vidas, al menos para alguien que vive a 15 husos horarios de distancia.


Para llegar a Ise desde Nagoya, adivinó usted, salen los trenes desde la estación de Nagoya y llegan a la estación de... wait for it... Iseshi. Un tren, pero cerca de 2,500 yenes DE IDA. Falta el camioncito a Futamigaura (del que no recuerdo el precio) más comida más recuerditos varios. No es para cuando la pobreza impera en la cartera, pero lo viajado no lo quita nadie.


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Oyendo: Torreblanca - Roma



Ciudad Toyota

...que originalmente no se llamaba Toyota (豊田 - とよた), sino Koromo (挙母 - ころも) y que cambió su nombre debido a la muy famosa armadora automotriz, originalmente ¡fábrica textil!

Poes bien, ya estamos en Japón. ¿Qué queremos hacer? Ver un partido de fútbol soccer, obviamente.
Normalmente hubiera mandado a la chingada a quien hubiera sugerido la idea, pero eso implicaba dos cosas: la primera era conocer un estadio mundialista (además del Azteca, desde luego) y la segunda conocer otra ciudad que no fuera Nagoya, aunque están en la misma prefectura.

Pasó que había un partido cerca (no importaba mucho quién contra quién; no teníamos la menor idea al final), se compraron los boletos para entrar y el día del partido nos lanzamos a la aventura ya que, claro, nadie tenía la menor idea de cuanto tardaríamos en llegar o cómo se le hacía para aterrizar ahí.

Preguntamos en la estación de confianza y nos dieron santo y seña de la manera de llegar: dos trenes y una hora de camino. Aún así, íbamos con el tiempo justo y rezando a todo lo que nos sabíamos para llegar puntuales, pero al final disfrutando el precioso paisaje de las afueras de las ciudades japonesas cuando viajas en tren.

Nomás bajarnos preguntamos (¿por qué no?) cómo llegar al estadio. Teníamos dos opciones: camión o caminar; con el tiempo encima decidimos dejar el turisteantismo para cuando terminara el partido. Llegamos con unos cinco minutos de atraso que se hicieron como 15 al dejar caer la baba ante el estadio.
Desde la plaza que lo rodea, se respira el ambiente japonés: relajado, ordenado, armonioso y sin los desmadres que un partido de fútbol con el equipo local supondrían de este lado del planeta. La construcción en sí es impresionante: techo retráctil, letreros en perfecto estado, limpio, muchas escaleras para llegar a tus gradas, y un entorno no opresivo como muchos de los estadios a los que he ido. Fácilmente tomamos como 50 fotos cada quien del puro edificio.

Jugaban los Nagoya Grampus contra los Niigata Albirex (sí, así de raros son los nombres de los equipos en Japón, sospecho, solo en el fut: el béis tiene a los Yomiuri Giants, los Chunichi Dragons y los Hanshin Tigers) pero el partido parecía más de bajo perfil que, con la disculpa de los fans, uno del Zacatepec contra el Cobras: SÚPER tranquilo, las porras encontradas en los extremos de la cancha, nadie gritando y la mitad de las gradas vacías. A esto le faltaba acción y nadie más indicado para hacerlo que los ocho latinos gritones sentados en gayola. Se hicieron dos equipos (o montón: solo uno le iba a Niigata por que había estado en la ciudad) y al final Grampus ganó 2 a 0 y el estadio se caía de la emoción (#not).

Bueno, ni los equipos: nipones al fin, los perdedores fueron A PRESENTAR SUS DISCULPAS a su porra y los ganadores a AGRADECER a la suya, haciendo reverencia y saliendo en orden. Los fans hicieron lo propio y el recinto estaba vacío, sin mentirles, en menos de 40 minutos. Ya quiero ver eso en el Olímpico de C.U. o en el Omnilife.

Ahora si, con cámara en mano y tiempo de sobra, caminamos de regreso a la estación. Toyota (ex Koromo) es una ciudad muy chiquita pero increíblemente linda: calles derechitas y limpias que con cerezos en flor se ve impresionante, arroyitos de agua con calzadas especiales en las calles, gente amable y negocios de barrio donde la gente sí consume. Creo que lo más "de franquicia" que vi fue el Bar Mexigan que, como el nombre intenta decir, tiene concepto mexicano. Al menos le echan ganas. Nunca se imaginaron que llegarían mexicanos de verdad pidiendo alcohol como latinos de verdad y el pobre bartender/mesero estaba entre sorprendido y muy nervioso.

Nos dio el atardecer en la ciudad y dio también la hora de regresar. Medio ebrios (la verdad es que esas margaritas sí pegaban) emprendimos el regreso, con un conocimiento nuevo: el fútbol no es violento en todos los lugares de este planeta.


Cómo llegar desde Nagoya: de Nagoya eki (duh) tomar la línea Sakuradori hasta Gokiso y de ahí la línea Tsurumai hasta Toyotashi. No es más de una hora con quince minutos.

El Bar Mexigan es un bar muy chiquito pero con buena vibra del bartender y concepto mexicano kitsch cual taquería para extranjeros en la CDMX. Está básicamente pegadito de la estación Toyotashi, quizá a media cuadra. Hay un MacDonalds en la misma calle, lo que la hace una buena opción si no queremos darle nuestro dinero al payaso Ronald.

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Oyendo: Placebo - English summer rain



Asuke y Arimatsu

Parte del intercambio al que fuimos a Japón, además de proveer entrenamiento técnico, consiste en salidas programadas a lugares de interés cultural. Asuke y Arimatsu son dos pueblitos que quedan cerca de Nagoya y son, cada uno a su manera, un referente de Japón tradicional que se ve poco si eres turista y no sabes que existen.

En orden cronológico (espero), empezamos con Asuke. Cual pueblo del Nipón romántico de película de Ghibli, este pueblito al este de Nagoya todavía tiene una granja tradicional a la orilla del río Tomoe, con ruedas que proveen fuerza mecánica gracias al movimiento del agua y montañas que quitan el sueño (o el aliento, si uno quiere llegar al mirador de la mera cima). La dichosa granja ya es un híbrido raro entre talleres funcionales y museo para visitantes, pero la gente en general se ve muy contenta con lo que está haciendo. Aprendimos el proceso de creación del washi (papel de arroz japonés), el de la creación de sombrillas y cómo se funde y moldea el afamado acero japonés.

Pero las estrellas del lugar son otras: el mentado mirador de la punta de la montaña y su vista en otoño, donde los montes que rodean a Asuke se visten de rojo y naranja con las hojas de los árboles. (Dicen. Nosotros fuimos a mitades de primavera, desafortunadamente.) Como sea, el lugar es de verdad precioso; subir el monte Iimori, pasear al lado del río, comer en alguno de los restaurantitos que atienden los lugareños, o vagar por el cementerio (sí, por el cementerio: no son lugares "malditos" como en occidente, y este en especial está en las laderas de un bosque de bambúes, muy impresionante) son cosas que uno tiene que hacer, si se puede, mientras está en el país del sol naciente. En camión no fue más de una hora de viaje, pero según esta página con mucha suerte y al menos un transbordo uno puede hacer dos horas y 1500 yenes (bueno, si llegamos en tren a Toyota para ver un partido de futbol, aventarse otros 40 minutos para ver el otoño brillar no debe de ser nada).

En cuanto a Arimatsu, si Asuke pasa un poco desapercibido este prácticamente es invisible. Comido por la mancha urbana de Nagoya, originalmente era un pueblo al sur de la gran ciudad (donde, además, Oda Nobunaga ganó una batalla) y ahora es un pacífico caserío dedicado casi exclusivamente a la producción de shibori. El shibori, o teñido con bloqueo [de la tela] (piensen en los patrones de las playeras hippies), ocupa cerca de un tercio de todas las casas. Me gustaría decir muchas cosas padres de Arimatsu, pero salvo el museo-tienda chiquitín dedicado a la técnica y la inmensa paz que se respira comparado con la capital de la prefectura de Aichi, no hay mucho que podamos decir de acá.

¿Cómo llegar? Muy fácil: tome la línea Meitetsu desde la estación de Nagoya, al sur de la ciudad, y en menos de una hora está usted llegando a la tierra de la tela tejida a mano con todo para el bonito regalo de las tías: pañuelos, mascadas, posavasos, bolsas, blusas...

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Oyendo: Paranel - Itsuwaru (mentir)